miércoles, 02 de mayo de 2007
De año en año aumenta el número de visitantes que viene a Jávea a bañarse en el azul recogido de sus calas o a pasear por sus acantilados miradores, y, sin embargo, apenas conocen la arquitectura popular de la primitiva ciudad amurallada, una urbe de callejas ceñidas, porches, voladizos y un marcado carácter medieval muy gratificante.

Hay que llegar donde palpita el corazón de la ciudad, a la iglesia fortaleza de San Bartolomé, a la sombra de las palmeras del neogótico mercado de abastos levantado sobre el solar del convento de las Agustinas, y a la Casa Consistorial, reconstruida sobre el antiguo Concejo, fechado en el siglo XIV, y embellecida con pasajes laterales sobre arcos de medio punto.

En 1513, a instancias del marqués de Denia, se iniciaron las obras de la iglesia de San Bartolomé, declarada monumento artístico nacional. Contrasta la belleza del gótico exterior con la sobriedad y desnudez del templo, donde llegaron a emplazarse piezas de artillería: el campanario, fortificado, tenía dos objetivos, llamar a misa a los feligreses y defenderse de los ataques moriscos. Las puertas se reforzaron con matacanes y en la techumbre se instalaron unas plataformas para emplazar piezas de artillería: en torno a las portadas, a ras de suelo, se ven cañones desartillados. Amurallada por completo, la villa se comunicaba con el exterior por medio de tres puertas.

Laberinto silencioso

Durante los siglos XV, XVI y XVII se fue hilvanando el barrio histórico, ese silencioso laberinto de calles, pasadizos, rinconadas, balcones de forja y soleadas plazoletas entreveradas de edificios tan bellos como el palacio de los Sapena, la capilla de Santa Ana (siglo XVI), el balcón donde predicaba san Vicente Ferrer, Casa Bover, Casa Primicias, Casa de Tena y el palacio de la familia Banyuls (siglo XVII), sede del Museo Arqueológico y Etnológico Soler Blasco, que atesora piezas prehistóricas, neolíticas, ibéricas, romanas, medieval andalusí, medieval cristiana, moderna y contemporánea, además de un apartado dedicado a la producción de la pasa de uva moscatel secada al sol, que devuelve la estampa de los capazos rebosantes de frescos y olorosos racimos.

Los días se demoran en esta ciudad discreta y sensual levantada en un promontorio distante dos mil metros de la costa para defenderse de la piratería: el temor arraigó tanto en el vecindario que, hasta el siglo XIX, Jávea vivió de espaldas al mar. Alegre y luminosa, sus edificios lucen amplias portadas labradas y dinteles de piedra arenisca bañada por el Mediterráneo que le dan una pátina cosmopolita, rústica y señorial, ejemplo de arquitectura popular que ha perdurado en la Marina Alta, casas con fachadas adosadas y grandes arcos, los entrañables riu-rau, en cuyos porches se depositaban los racimos de la uva para su secado y conversión en pasa, espacio que también se aprovechaba para guardar la leña, los aperos, la sosa para escaldar y el cazo metálico con el que se bañan las uvas.

A lo largo del tiempo, Jávea ha sufrido las temidas y periódicas avenidas del río Jalón que, en época de lluvias, «anegaba los campos, robaba la tierra vegetal, inutilizaba los montes, cortaban las comunicaciones, y los ganados no podían volver a sus casas, ni los vecinos salir a cultivar sus haciendas».

Por otra parte, desde el siglo XVI fueron continuas las incursiones de los corsarios argelinos que encontraban fácil refugio en las calas, islotes y acantilados del cabo Martín, la tierra más meridional de la península, espacios propicios para asestar sus golpes con presteza y seguridad. A finales del siglo XVIII, el botánico Cavanilles visitó aquella costa «infestada de moros que saltaban a tierra y hacían correrías para robar hombres y mujeres. Cuando no inquietaban los pueblos de la marina, o no descubrían desde aquellas atalayas barco alguno, hacían correrías tierra adentro llevándose ganados, pastores y cuantos infelices viajaban por aquel recinto o cultivaban los campos. La paz hecha con los Africanos aseguró la tranquilidad y los pueblos de la marina pudieron entregarse sin recelo a la pesca, al comercio y a la agricultura».

Las plantaciones de almendros, moreras y algarrobos que ocupaban la «anchurosa llanura que yace al sur de la población», se han convertido en edificios y urbanizaciones que buscan la cercanía del mar y de las pinadas que verdean El Rodat y los acantilados del Portichol.

Por las Aduanas del Mar, las calles blancas del barrio de pescadores, pasea la gente. Los hay que van a la subasta del pescado o pedalean en bicicleta hasta el puerto, los que caminan sin rumbo o quienes ceden a la tentación de comer en algunos de los restaurantes próximos al cabo de San Antonio que resguarda de los vientos del norte.

Coronando el paraje de La Plana, sobre el cabo de San Antonio, se conservan una docena de molinos de viento construidos entre los siglos XV y XVI. Desde allí se ve, impactante, la soberbia silueta del Montgó (753 metros), macizo calcáreo desde cuya cima se divisan los pueblecitos que blanquean las estribaciones de los montes de la Marina Alta, el peñón de Ifach y un mar Mediterráneo esplendente.
Publicado por javeanet @ 22:26  | Mayo 2007
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